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sábado 24 de agosto / 22.00 h

Artemis Quartett

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Programa

I

Quartet núm. 12 en do menor D 703 "Quartettsatz" Franz Schubert (1797 – 1828)

  • Allegro assai

Quartet núm. 2 en fa major op. 22 Piotr Ilitx Txaikovski (1840 – 1893)

  • Adagio - Moderato assai
  • Scherzo: Allegro giusto
  • Andante ma non tanto
  • Finale: Allegro con moto

II

Quartet núm. 14 en re menor D 810 "La mort i la donzella" Franz Schubert (1797 – 1828)

  • Allegro
  • Andante con moto
  • Scherzo: Allegro molto – Trio
  • Presto

Notas al programa

Pau Galiana
Musicólogo

Entre los diferentes géneros de cámara, ninguno ha conseguido el prestigio social y la consideración estética del cuarteto de cuerda. No existe ninguna otra formación que pueda, al mismo tiempo, lograr los extremos del ámbito sonoro, explorar una paleta tan amplia de combinaciones de texturas y otorgar diferentes funciones a cada instrumento. Por lo tanto, la "invención" del cuarteto (que en su caso debería atribuirse conjuntamente a Haydn y a Boccherini hacia la mitad del siglo XVIII) fue un hallazgo de consecuencias tan duraderas que aun hoy son palpables. Ya en el siglo XIX, Beethoven y Schubert se encontraron el cuarteto de cuerda como un género perfectamente definido, y ellos dos serían los encargados de escribir el siguiente gran capítulo de su historia.

El Cuarteto nº 12 en do menor, “Quartettsatz” de F. Schubert (1797-1828) escrito en 1820, sombrío y de profunda intensidad, anuncia su madurez en el campo de la música instrumental. Es una de las múltiples obras inconclusas que este compositor nos ha dejado. Únicamente consigue rematar un bellísimo primer movimiento en do menor para, posteriormente, abandonar en los primeros compases del tiempo lento. Este movimiento es, en todo caso, apasionante, y nos sumerge de lleno en el mundo maduro y más trágico del compositor. La tensión es tanta, y tantos los instintos libertarios sobre la forma clásica heredada, que la continuidad se hace, de momento, imposible.

Si excluimos el Cuarteto en si bemol mayor empezado en plena juventud, del cual sólo llegó a componer el primer movimiento, P. I. Chaikovski (1840-1893) nos ha dejado tres cuartetos de cuerda completos, escritos en la breve etapa que va desde 1871 a 1876. Un músico con esta tendencia a la confesión íntima y con el extraordinario oficio que lo distinguió en sus inicios, debería haber brillado de manera particular en la música de cámara. Pero no fue así, y no porque los cuartetos o las restantes obras de cámara no tengan interés, o les falte la perfección técnica y estilística desplegada por él en otros géneros. Sus debilidades provienen de su formalismo, de aquel miedo del inexperto a no cumplir con las exigencias tradicionales del cuarteto de cuerda. Un género difícil porque en él apenas cabe la cómoda retórica de cierto sinfonismo, lo que no quiere decir, ni mucho menos, que no haya en sus cuartetos páginas de profunda belleza o de inventiva fascinante. Negar el genio creador al músico ruso es instalarse en un axioma sin consistencia.

Escribió el Segundo Cuarteto en fa mayor, op. 22 en enero del año 1874 y, según su testimonio, lo hizo con gran soltura y sin demasiado esfuerzo. Algunos expertos en su obra piensan que en el pecado de la facilidad encontrará el autor la penitencia de la falta de genio, de la insipidez, a pesar del indudable magisterio en el tratamiento instrumental.

La primera interpretación se hizo de forma privada con la presencia del célebre pianista Anton Rubinstein. Cuando éste oyó la ejecución, reaccionó mostrando las cejas que los maestros ponen ante discípulos a los que aún no conceden importancia, y después lo atacó con un rigor fácilmente comprensible, si escuchamos sus obras, pálida imitación del más descolorido estilo germánico. En cualquier caso Chaikovski aceptó las críticas de su maestro y necesitó algunas semanas para rehacer la obra, estrenándola públicamente en marzo del mismo año. Está dedicada al Gran Duque Constantino Nicoláyevich.

Llaman la atención el cromatismo y las fuertes disonancias de la lenta introducción, tan atrevidas para su época, con los pasajes libres del primer violín. Éste acompaña el movimiento hacia adelante a un moderato assai a través de una ondulante y sincopada melodía, para regresar enseguida a la figuración de los compases iniciales. Cabe destacar los buenos detalles armónicos que aparecen en el desarrollo. El segundo movimiento scherzo forma parte de lo más apreciado del cuarteto, con la alternancia libre de compases de dos y de tres pulsaciones, su encanto directo, sencillo y de ingenua travesura. Algunos autores prefieren, sin dudarlo, el tercer movimiento al resto de la obra, puesto que se trata del más personal y característico del autor. Su melodía, que recuerda el comienzo de la obertura de Fidelio, puede ser un tanto inconsistente, pero transmite una dulzura y refinamiento que cautivan. El último movimiento posee una gran energía, desprende cierta cordialidad y muestra la destreza probada de Chaikovski en gestionar armonía y contrapunto. Podemos oír también en el primer violín y en la viola, una melodía que tiene todo el sello del autor.

En marzo de 1824 F. Schubert compone su famoso Cuarteto nº 14 "Der Tod und Das Mädchen" (La muerte y la doncella), que se basa en un lied homónimo que había escrito siete años antes con texto del clérigo Matthias Claudius.

Nos encontremos ante un Schubert que acababa de saber que padecía una dura enfermedad (sífilis) y era consciente de que se estaba muriendo. Además de estar enfermo estaba arruinado. El cuarteto es impresionante desde la primera nota hasta la última y exige un esfuerzo sobrehumano a sus intérpretes. Lleno de fuertes contrastes, muestra a un hombre cerca de la muerte; es, por tanto, de la muerte, y más concretamente, de su aceptación (cuando la vida tal y como la concebimos llega al final) de lo que trata la obra. El rigor interno del cuarteto y el evidente deseo de unidad que la estructura hace aún más precisa esta voluntad.

Como es habitual, la obra empieza con un movimiento con forma sonata donde el primer tema es un pequeño motivo de notas repetidas (como pasa en la Quinta Sinfonía de Beethoven). Representa el grito desesperado de la doncella que parece decir "No quiero morir. Soy joven todavía”.

El segundo movimiento está estructurado como untema y cinco variaciones que no son más que cinco maneras de convencer a la doncella de que la muerte es parte de la vida y de que tiene que aceptarla. El tema principal, que representa la muerte en este poema, se ha extraído del lied antes mencionado y se va alternando entre los cuatro instrumentos de la agrupación.

El scherzo (tercer movimiento) está construido sobre el esquema del minueto y trío clásico (ABA). La muerte ha salido victoriosa y toca una "alegre" danza con su violín. A veces la muerte (o el diablo) se representa con un violinista excepcional que suele ir alegrando los cementerios al ritmo de sus endemoniadas melodías (como en la "La danza macabra" de Saint-Saëns).

El último movimiento es una tarantela (en el sur de Italia es una danza de la muerte) en la que aparece el motivo de las tres notas (la doncella): primero de manera sesgada para, más adelante, formar parte esencial de la estructura hasta la reexposición final del tema principal. La doncella también acaba bailando la danza de la muerte. Se ha resignado. Incluso parece aceptar el objetivo que ésta representa, ya que en cierta manera es un descanso de tribulaciones inútiles.

Biografías

Artemis Quartett

Artemis Quartett

Un aniversario y un nuevo comienzo, todo en uno. El cuarteto está asumiendo nuevos retos de forma valiente, sin conformarse con el buen camino recorrido. Treinta años después de su fundación en 1989, el año en que cayó el Muro de Berlín, un renovado Artemis Quartett da la bienvenida a dos nuevos miembros. A lo largo de los años, el cuarteto se ha ido adaptando a los nuevos compromisos con facilidad y ahora se visualiza un cambio radical: desde el inicio de la temporada 2019/20, el violinista Suyoen Kim, nacido en Münster, Westfalia, y ahora primer violín de la Konzerthaus Orchester Berlín, alternará el primer y segundo violín con Vineta Sareika, después de la partida de Anthea Kreston. Mientras tanto, la violonchelista holandesa Harriet Krijgh, que ya es una solista destacada, está sustituyendo al miembro fundador Eckart Runge.

Este cambio se está produciendo a toda velocidad, mientras se van cumpliendo todas las expectativas del público. En septiembre de 2019, el programa de giras del cuarteto ya incluye dos fechas en Ámsterdam, en el Concertgebouw. En la próxima temporada 2019/20, el renovado cuarteto continuará sus célebres ciclos con tres programas cada uno en el Kammermusiksaal de la Filarmónica de Berlín y en el Mozartsaal de la Konzerthaus de Viena. También seguirá actuando en los principales ciclos de conciertos de Europa, Norteamérica y Asia. Al hacerlo, el cuarteto está asumiendo un gran desafío. Al mismo tiempo que se forma de nuevo, el conjunto debe conservar tanto su carácter como su identidad. La despedida del cuarteto de Eckart Runge también marca la partida del último miembro fundador del conjunto, cuyos cuatro intérpretes originales se juntaron siendo estudiantes en la Musikhochschule Lübeck. Pero la continuidad de las futuras generaciones del cuarteto está asegurada: el violinista Gregor Sigl se unió en 2007 y Vineta Sareika fue nombrada líder en 2012.

El concepto tradicional estilístico de cuarteto de cuerda, definido y encarnado por una personalidad dominante que es generalmente el líder, no se aplica en el caso del Artemis Quartett. De hecho, la excelente calidad de este grupo, que enseguida ganó importantes premios internacionales y estableció nuevos estándares para los conjuntos de música de cámara, en parte gracias a numerosas grabaciones que fueron muy aclamadas, es el resultado de sus incansables esfuerzos en común. Esa es ciertamente la opinión de Gregor Sigl, que actualmente es el miembro con más años en activo. Por un lado, la personalidad artística del grupo siempre está determinada por las características de cada individuo creador de música. Por otro lado, en las últimas décadas el cuarteto ha desarrollado su propio ADN, por así decirlo, viendo cómo su estructura colectiva se ha vuelto cada vez más compleja y elástica, según palabras de Sigl: “Cada miembro ha enriquecido y nutrido al cuarteto a lo largo de los años. Todos y cada uno de los músicos han hecho su propia contribución de incalculable valor. Todos ellos han aceptado las bases de las normas internas y los conocimientos fácticos del grupo, que no solo se mantienen de forma cuidadosa sino que también se transmiten muy deliberadamente”.

Durante mucho tiempo, el cuarteto se ha restringido a tres programas por temporada, con la condición de que las obras individuales se podrán mantener hasta la próxima. Cada programa se prepara con la máxima cautela durante un período de varias semanas y luego se presenta muchas veces en conciertos por todo el mundo, durante los cuales las interpretaciones del cuarteto se concretan y se vuelven cada vez más refinadas. Los cuatro músicos tienen una ética de trabajo inequívocamente perfeccionista, que requiere una gestión precisa del tiempo y un alto grado de autodisciplina. Y este enfoque riguroso proporciona una estructura de gran flexibilidad. A lo largo de los años, Gregor Sigl ha descubierto que “la espontaneidad surge cuando una persona sabe exactamente lo que está haciendo. La libertad solo viene de la seguridad total.” Los miembros del Artemis Quartett siempre mantienen registros detallados de los resultados del trabajo realizado en los ensayos conjuntos, de modo que cada vez que regresan a una composición pueden empezar de nuevo con el mismo nivel de visión creativa que se había alcanzado anteriormente. Sigl siente que de esta manera el cuarteto seguramente ha construido un fondo de ideas y experiencias más rico que si hubiera tenido siempre los mismos cuatro miembros.

Los fundamentos éticos y musicales del Artemis Quartett han sido estables en todos los ámbitos. Como Sigl ha explicado, además de los más altos estándares instrumentales, estas bases también abarcan una "inquebrantable búsqueda por la verdad". Para los músicos del Artemis Quartett, la extrema "curiosidad" y "apertura" en todos sus intercambios de ideas, más la capacidad de dejar de lado el propio ego, forman la base de esa "disparidad de todos los participantes en pluralidad combativa" que el filósofo Wolfgang Welsch identificó como principal distintivo interpersonal artístico del cuarteto de cuerda. Las constantes y elevadas exigencias artísticas, junto al enorme interés en la formación de una coreografía compartida, crea la base de la estabilidad del cuarteto, tanto dentro como fuera de la puesta en escena del concierto. Sin esto, el Artemis Quartett nunca hubiera tenido una carrera de más de treinta años. "Después de todo", como dice Sigl, "lo más difícil es permanecer juntos".

Parece que todo está dispuesto para el cuarteto en su nueva estructura. Al inicio del proceso de selección para ocupar los puestos, Vineta Sareika y Gregor Sigl enseguida eligieron a sus dos nuevos colegas, pero dudaron en dirigirse a ellos porque ambos ya tenían mucho éxito en las carreras que habían elegido. Como dice Sigl, Suyoen Kim y Harriet Krijgh son "intérpretes sensacionales", "enormemente curiosos" y "tienen muy claro que quieren tocar en un cuarteto". Para ambos, este paso marca el cumplimiento de un sueño profesional largamente ansiado. El inminente año de jubileo de Beethoven en 2020 marcará una fase durante la cual este cuarteto de renombre internacional gozará de un lugar especial en la atención pública. Cada uno de los tres programas con los que el Artemis Quartett marcará el 250 aniversario del compositor consiste en un importante cuarteto de Beethoven (op. 59 no. 3, op. 130/133, o op. 132), combinado con trabajos comisionados recientemente por Peteris Vasks, Lera Auerbach y Jörg Widmann. En un programa, que también presenta la versión de quinteto de cuerda de la Kreutzer Sonata de Beethoven, Eckart Runge regresará como segundo violonchelo.

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